¿QUIÉN ES CRUELDAD BON ICE?

La peor literatura es la cursi.

C.B

 

Cada niño trae su pan bajo el brazo, dicen en Amalfi, donde nacieron Carlos Castaño Gil y Crueldad Bon Ice, con una ene y una ce, como corresponde a una desheredada de la Francia inmortal, cuyos antepasados, a diferencia de los del horrendo paraco, vinieron a Colombia en busca de oro y riqueza, y no de las tierras y las parcelas de los pobres y desprotegidos. Allí hay ya una diferencia con otros que llevan ese gentilicio como el Negro Bon Ice o mi general o ese poeta que dirigió en Madrid, el Museo Reina Sofía, o la tal cantante mallorquín y el otro lírida de la isla.

 

El mollete que traía bajo el brazo la pequeña gigante era su pasión por la retórica, evidencia que conocieron sus familiares el día que al bajarse del Súper Constelación de Avianca que los trajo de Medellín a Bogotá, luego de tres días de bus de escalera entre Amalfi y la Capital de la Montaña, la niña Crueldad, mas cortica entonces que ahora, gritó que su recuerdo era negro, porque ya era de noche cuando se bajó en Teusaquillo en casa de su abuela, el ocho de Setiembre de 1950, cuando acababa de cumplir siete años, hace 61, y se dio cuenta que iba a ser de aquí y no de Amalfi, donde para hacer pis tenía que ir hasta el patio de atrás y mojarse las nalguitas.

 

Aun cuando el barrio de la abuela llevase el nombre de uno de los zipas – Teusacá, y hubiese sido sede del resguardo Pueblo viejo-  cuando ella llegó  era el lugar más chic de Bogotá, con ese tren de gomas que lanzaba chispas de fuego y pasaba justo frente al portón de la casa estilo anglo diseñada por Alberto Manrique, donde viviría hasta entrada su adolescencia y donde oiría hablar por vez primera de ese intelectual y hombre de letras nacido en Amagá, que ya casi era ministro de Guillermo Valencia e inauguraría su vida pública con la preciosa masacre Santa Bárbara Bendita en Cementos El Cairo, y de otros vecinos como Rojas Pinilla, Laureano Gómez, Mariano Ospina o el mismo Jorge Eliecer Gaitán, a quien padre y madre no bajaban de comunista.

 

Desde ese barrio se aventuraría por los huecos y escombros de la Calle 26 en tiempos de Mazuera Villegas y las primeras hambres de Gonzalo Arango en El Cisne, comprando gomas para mascar a las puertas de los Cines Opera y Cid mientras su mamá apretaba la cartera bajo el brazo para que algún ratero no se la quitara, hasta cuando, muerta del miedo decidió irse a vivir a un mejor sitio, mas safe & clean, es decir Sears, donde pasaba horas eligiendo entre muñecas Barbie y cocinas Frigidaire y entraba y salía de los vestiers con esos slacks pastel y las camisas de seda de Splendor in the Grass de Elia Kazan, ese 1961, cuando Wilma Dean 'Deanie' Loomis  y Bud Stamper eran la viva imagen de su noviazgo imaginario con Germán Jaramillo el Warem Beatty cuya Natalie Wood no era ella, precisamente, sino Laura García, quien le enseñó a declamar poesía durante los ensayos de I Took Panama con los Moirosos del Teatro Popular de Bogotá, ese invento pro chino  de Fanny Mickey, que no era la multimillonaria de derechas de hoy, cuando Pablo Escobar llenaba de nenes La Gata Caliente y pasaba las noches con Alberto Santofimio Botero y Virginia Vallejo y José Luis Diaz Granados, el papá del más grande poeta de paso de la Tertulia de Gloria Luz le cantaba esas estrofas de endecasílabos pareados que iban a llevarlo en andas hasta el Solio de Bolívar.

 

A esos años debe Crueldad Bon Ice su ingreso en la literatura liviana [del hipismo y el nadaísmo] que tanto comparte con su admirado Juan Manuel,  “ vate del botellazo”,  y ese regusto por hacerse notar desde su altura como una activista social no tan radical como la pintora Clemencia Lucena, que vestía de obrera para recibir los camaradas, pero si medio roja medio azul, cayendo de vez en cuando en las manifestaciones, tomando tinto con Santiago García y Patricia Ariza, firmando con los estalinistas criollos cuanta hoja sacaba Arturo Alape, y trabajando desde chiquita en la Universidad de Los Andes, desde cuando se apoderó del departamento de literatura, que no piensa dejar sino el día de su ingreso en la gloria.

 

La creciente obra de Bon Ice tiene tres vertientes: la teatral, la lírica y la narrativa, pero a todas las guía su enorme ambición por la fama, sin la cual, no entienden la vida seres de su altura como Napoleón Bonaparte o Truman Capote.

 

Aun cuando ya no vista de manera juvenil y prefiera ir por el mundo ataviada a lo “novia vestía de negro”, según la ha descrito un periodista madrileño en una de sus frecuentes visitas  a Casa de América, el nuevo palacio colonial del imperio español, donde BB es santo y patrono:

 

En un sofá amarillo descansa la poeta más famosa de Colombia desde que los suicidios de sus antecesoras María Mercedes Carranza y Montserrat Ordoñez le dejó la silla vacía. Tiene la voz y los modales de una adolescente  que acaba de ingresar a un college con ese rostro cilíndrico, apenas trabajado por el paso del tiempo y los excesos de sexo y alucinantes.”

 

Los títulos de sus libros revelan complicados asuntos: De redondel y residuo, El ciclo de los plazos, Lo restante es mudez, The World According to G, Felino por apocado, Ese inepto abatido y Ardides del alfeñique.

 

Porque Bon Ice escribe desde un limbo contemporáneo que habla para sordos y mudos  lectores de textos desechables para fines de semana y señoritos y damitas perfumadas de frivolité. Así también su estilo. Confeccionado en una batidora de jugos, con cinco de polvo y seis de amargura y siete de roca y ocho de jota y diez de sustos y cuatro de ganas, el texto primero traza el paisaje exterior donde aparecerá el sujeto, como hacía sus bodegones el Tuerto López, y para el final ofrece el plato fuerte: un señor, una señora, una gallina, un adorno navideño, cualquier cosa, que sirva para transmitir [nos] sus sentimientos amorosos, el odio que sigue sintiendo a su pubertad porque la confundían con una niña de brazos y el odio que siente a la muerte, que quiere sacarla de este paseo tan bueno que ella lleva por todas partes con esos libritos de poesía y entrevistas con favorecedores y cuentitos alargados que compran todas las bibliotecas de la Red Nacional y difunde su amiga del alma, RENATA, la de Mincultura. He aquí la evidencia, en uno de los cien textos suyos que ha difundido Babosea de Alcalá de Henares, titulado, así, no más

 

After Fucking

 

La vida es triste sin los recuerdos del pasado.

Y estos recuerdos son tan bacanos
como cuando bailábamos
twist en La Bomba,

y me mordías las nalguitas con los dientes del tiempo,
 y comprábamos de la verde en La madre del revólver.

La vida es triste, pero hoy nos invitan a todas partes,
 y nos gusta tanto, tanto,
que ya no salimos de Martínez Campos ni para orinar.

Aunque siempre sigo teniendo, como Mameca, miedo,
miedo a la enfermedad, a la muerte,
al avión, a la locura,
a tanto desechable como hay ahora
por culpa de Macaco, Mancuso y Doble Ocho.

Ay, La Gata me odia.

 

Después del coito soy un cernícalo triste.

 

 Como ha dicho Maria Sufrimientos Jaramillo de la Universidad Timochenko, los poemas de Bon Ice no deslumbran con imágenes y su lírico acento es cotillero, de confidente, de persona que pasa la mayor parte de día no en una biblioteca, ni hablando con periodistas o promotores culturales, sino en la sala de la casa, o el cuarto de costura, la cocina o el comedor, mientras plancha o lava los platos o prepara un buen sancocho o hace las arepas para el desayuno. Por eso dice, en un texto que define su poética, digno de su maestra Almojábana Grande, que

 

 El poema es tirabuzón,
 anzuelo, máquina de hacer pompas de jabón,
 vendaje, compresa,  sanguijuela,
 juguete de latón, consolador de viudas.

 

Como narradora, más que a sus mentiras debe su prestigio a un texto publicado en La Jornada de México hace casi dos lustros, dedicado a examinar sus conocimientos del mundo masculino: Hombres.

 

Para PB los hombres son  todos iguales. Somos padre, amante y esposo y aun cuando tengamos más neuronas que las mujeres, están mal conectadas. Los hombres envejecen mejor que las mujeres y por eso flirtean con muchachitas y tienen siempre éxito porque a las mujeres inteligentes las seduce el talento masculino, como sucediera a Chaplin, Picasso y Woody Allen. Otra virtud masculina, según Bon Ice, es saber guardar silencio, aun cuando eso venga de la conformación de los lóbulos del cerebro y antes de casarse un hombre se desvele pensando que habrá dicho su mujer, y tras el matrimonio se quede dormido antes que ella termine la perorata.

 

Los latinos, agrega, son divertidos, buenos bailarines, conducen con destreza y poseen sentido del humor. “Y en cuanto a sus defectos, algunos, los veniales -que jamás atinen en un regalo, que no perciban el último cambio de peinado y que se obstinen en no contestar a la pregunta ``¿en qué estás pensando?''- son tan universales que siempre estamos dispuestas a perdonarlos. No así el feroz egoísmo o la misoginia encubierta, rezagos de la vieja cultura patriarcal.”

 

Pero el prototipo de hombre que la desvela es "el duro'', petrificado en su falsa masculinidad milenaria, hombres que la estremecen y asustan, porque quieren dejar de ser machos y las hacen sufrir en lo que ellas mas desean, sentir al hembro. De estas teorías este gran poema que escribió en honor a su amigo William Ospina:

 

Mi vagina es un valle de legañas reluciente de huesos.

Mi piel está seca, arena, sílice. Los labios agrietados.

Una cruz de madera sobre el vientre veringo.

Heme aquí entre malezas, en medio de rastrojos

muerta de ganas mirando al techo de este motel

con la luna bailando en la pupila

pensando en esa cosa que sabemos.

Ojalá un dia de estos un enjambre de abejas me pique

y despierte mis ojos, sobre mi tragadero

y reverbere sobre mi cuerpecito de uno con veinte

como un mar que cantando se quita las braguitas.

 

Es por estos poemas, “transparentes y directos aunque con zonas de misterio” que ha dicho esta semana Manuel Rico, uno de los seudónimos de Dario Jaramillo Agudelo en Babelia, y por esa capacidad de penetrar en el aliento de los hombres que Crueldad Bon Ice ha sido elegida para representar a Colombia en todas partes donde los tiquetes los financie el Ministerio de Cultura y la selección de los viajeros la haga una señora Rodriguez en Casa de América, donde ya es costumbre verla, a ella, la Bon Ice, con su frágil aspecto, sus medidas 39-39-39, su histeria de tsunami, las cortas plumas de su pelo de gorrión aleteando en esa cabezota bien grande, los ojos avivatos parpadeando detrás de las lentes  de culo de botella y esa sonrisa suya tan perversa, tan irónica y tan cínica, digna del personaje de Mi alma fue siempre de hielo, una de sus pretendidas novelas.

 

Un alma tan escarcha, tan granizo, que el 23 de Mayo de 2011, diez días después  que Jesús García Sánchez, alias Chus Visor y Luis García Montero la  regalaran con 5000 euros por sus serviciales zalemas y corre ve diles en los últimos treinta años, no tuvo empacho, mientras incineraba el cuerpo de su hijito Daniel [1983-2011], que se había lanzado desde un edificio de la Universidad de Columbia aburrido de tener que sufrirla, llamó a la hija de Bernardo García y Cristina de la Torre, y a través de un teléfono móvil ["Ya te mando más. Escribo desde mi 'BB' y me da miedo un error"] le fue dictando una entrevista para el diario donde Maria Antonia trabaja. Luego, para excusar su insidia y el témpano de su alma escribió a Juan Manuel Roca, su sosia: “La entrevista a

El mundo[1] se la di a una alumna mía que vive en Madrid, precisamente por apreciarla. Luego vi con asombro que puso retazos de  nuestra conversación privada con cierto ánimo de espectacularidad que me molestó, pero ya no podía hacer nada. Hay que cuidarse de Hernán Vargascarreño, que ya en otros momentos dio indicios de inmoralidad.”

 

Ahora ha publicado un vademécum titulado Piedad para la que sufre, que cuenta la historia de esa tragedia, siguiendo, sin duda, los pasos de su conmilitón, Héctor Abad Facio Lince. Los dos comen del muerto y enriquecen el grupo Prisa, su verdadero patrón. ¿Qué diferencia habrá entre las novelas de sicarios, las de los caínes y los pablos y estas narraciones que hacen famosos no a los muertos sino a los vivos de sus autores?

 

¡Qué horror! En Locombia no sólo hay bichos como Tanja Nijmeijer o Pablo Catatumbo, también hay poetisas.

 

El País, Constantinopla, 24 de Mayo de 2011.

 

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