José Luis González en una calle bogotana a comienzos de siglo.

 

 

MISERIA, ENVIDIA Y POESÍA

 

Hace ahora, casi treinta años, Darío Jaramillo Agudelo solicitó los servicios civilizadores de un poeta a fin de favorecer, perjudicándole, a su enemigo en los campos de la lírica. Se trataba, en la apariencia, de aliviar las afugias de Juan Manuel Roca, autodenominado Poeta Nacional, víctima de la dipsomanía, el odio, el desempleo y la pobreza. El futuro favorecido conducía un rebaño de pariguales que compartían sus tirrias y arrojo para castigar, con vacías botellas de anís, en la Cantina de Marielita, a todo cantor consagrado o gacetillero de prensa y radio.

 

Mario Cataño, Isaias Peña Gutierrez, Giovanni Quessep, José Luis Diaz Granados, [primo en décimo grado de García Márquez, cantor del Doctor Alberto Santofimio Botero y padre del nuevo conductor espiritual del Gimnasio Moderno en remplazo de Don Agustín Nieto Caballero, esa lumbrera de la intriga, el mangante Federico Díaz Granados],  Eduardo Gómez, Dario Ruiz Gomez, José Mario Arbelaez, Nelson Osorio Marin, Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard, Miguel Méndez Camacho, Armando Orozco, Manuel Hernández, Henry Luque Muñoz, JG Cobo Borda, Alvaro Miranda y muchos más cayeron bajo la estallante damajuana del hijo de Rubayata.

 

Unas veces por malos poetas y otras, por ir ellos también, con malos poetas. De allí que el Doctor Jaramillo, que ya había sido sometido al puño de hierro del derelicto, temiendo que en su espléndida nueva oficina de Gerente Cultural del Banco de la Republica de Colombia fuese atacado por la insania misma, creó, con la colaboración de una diminuta institutriz de la Universidad de los Andes, un taller de poesía que financiado con el dinero de todo el mundo, diera alguna holgura al Poeta Nacional y calmara sus resacas de odio.

 

Asombrado ante tanta generosidad para con tan pugnaz enemigo, el inspirado intermediario preguntó al Gerente por qué lo hacía y este, ni corto ni perezoso, le endosó la respuesta iluminada: “Es que haciéndole favores se le hace más daño”. Desde entonces el Doctor Jaramillo no ha dejado de favorecer al Poeta Nacional, mudando el energúmeno en la paloma lírica más mansa de Colombia, el único país del mundo con el 80% de sus escasas 335 librerías en tres de sus ciudades, 1200 Bibliotecas Públicas en municipios plagados de analfabetos y desplazados con libros españoles que nadie lee, y sólo un 4% de usuarios de Banda Ancha con una población de 43 millones.

 

Pero el odio contra la energúmena paloma del ayer tuvo su primer capítulo cuando para dar un baculazo a su gloria el propio Gerente Cultural y su partenaire María Mercedes Carranza decidieron importar a la capital de la república al cartagenero Raúl Gómez Jattin cuya fama de poeta iba de la mano de su desgracia como enfermo síquico, lo cual garantizaba que cualquier gloria que llegase alcanzar no le beneficiaría nunca sino que haría mucho daño al Poeta Nacional. Lo que no estaba en sus pírricos presupuestos, para coronar esta pilatuna contra la fama del hijo de Rubayata, ganada mediante el ejercicio del botellazo en la cabeza, fueron los incendios y aquelarres que les propinó Gomez Jattin al Gerente Cultural y su partenaire, que terminaron por llamarse, por cuenta del cartagenero, La Hiena y La Garza Coja de la Poesía Colombiana. Gómez Jattin fue asesinado hace 12 años, los mismos que los enemigos del Poeta Nacional han tardado en construir un Golem de Gómez Jattin para hacer más duros sus últimos días.

 

No de otra manera puede entenderse la cascada de artículos que la Gran Prensa [léase Josémario Arbeláez, Cobo Borda, William Ospina, Nicolas Suescun, Abad Faciolince, Enrique Serrano, Patricia Lara, etc.] dispensa estos días a unos textos borrachos de metáforas, dignos de la arquitectura infernal de Piranesi, que sólo alcanzan claridad mediante el deseo de sus adictos, que odiando al Poeta Nacional, sienten el aleteo de la poesía en esos galimatías cruzados y teñidos de cavernas de la isla de Calipso, los difusos rayos de Piros, los arcos, escaleras y jarrones del palacio de Alcínoo, los candelabros, lápidas, trípodes, ornamentos, criptas, rejas y puentes levadizos del cementerio de Bunhill Fields mientras Remedios La Bella, peina en La Mohana su melena de 15 metros y la voz de Tamerlán rompe hielos azules en Noruega:

 

En su espalda hay un talismán que me horroriza,

una luz que me aterra como si fuera el polvo del Zuco.

Por la noche el sueño no me da reposo, me desgarra.

Imagino que ya soy un dios, que es mío el infinito.

Pero en mis brazos soy una multitud de creyentes

ardiendo en el lecho de temblor y sexo

mientras desde los astros cae la nieve que me enfría…

 

[Con una mano escribo y la otra me sostengo]

 

Fernando Denis ha vivido en el inframundo al servicio de la grandeza de William Ospina. Es su Duque de Otranto desde el año que vivió en la Maison de la Nueva Santa Fe en el antiguo barrio Santa Bárbara. Entrada la mañana llegaba el Duque, mientras en las sombras del amanecer desfilaban los Nerones y Calígulas ahítos de placer. Esos fueron los años de La Franja Amarilla, hoy Azul de Metileno. Como en aquella vieja novela alemana de la posguerra donde se inspiró Brecht para escribir La Opera de los Tres Centavos, La Doña tiene un ejército de desechables que calibran su fama y el peso de sus ingresos, hoy descomunalmente crecidos merced a Samuel Moreno Rojas, el hijo predilecto de Samuel Moreno Díaz, el yerno de Gustavo Rojas Pinilla, causante supremo de su desprestigio y caída.

 

Pero la Palme d´Or de las lisonjas propinadas a la soberbia obra de Fernando Denis, --nuevo dolor de cabeza de Juan Manuel Roca-- lo ejecuta la revista Arcadia, maestra de maestros en perversidades.

 

Dice la anónima directora que el verso [¿?] de Denis es “sin corsés, con una musicalidad antigua, inspirados por la pintura prerrafaelita y teñida de colores del trópico y hermosas fulguraciones de otros tiempos”. Por tales motivos declara, así no mas, como quien no quiere la cosa, pero queriendo, La geometría del agua [sic] el Libro del Año. Lo que no dice la nota de Arcadia es que el “hasta hace poco empedernido bohemio” es por el momento uno de los más exitosos predicadores de una iglesia protestante de la Séptima con 34, donde con El Libro en la mano ejecuta los más singulares sermones, con pataletas de perdón y danzas macabras de limpieza del alma, todos los domingos a las Once de la mañana, de donde sale a vender sus libros en el Mercado de las Pulgas, cuando despluma una legión de ingenuos que creen está salvado del infierno de la vida diaria. El único que no se ha comido el cuento es el hoy escéptico ex Gerente Cultural, que ante tanto prestigio ha dicho: “Pobrecito, como se vuelva pastor, se hará rico, pero nadie volverá a pensar que fue poeta. En Colombia solo los miserables merecen la Gloria”.

 

La Lengua Viperina, elpais.com, Madrid, 15 de Febrero de 2010.

 

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