Oscar Collazos

 

 

LA PESTILENCIA DE LAS IDEOLOGÍAS

 

Cerca ya de los cincuenta años, luego de vivir veinte en diversos países del Caribe y Europa, Oscar Collazos (Bahía Solano, 1942)  regresó a Colombia con la esperanza de vivir en Cartagena de Indias, o negras, como él dice, un lugar con los salones de vida social que siempre le ha catado. En el transcurso de todos esos años ha dado a la imprenta libros de cuentos, ensayos, crónicas y novelas y ha participado en numerosos debates públicos y políticos con algunos de sus más enconados benefactores y no pocas veces enemigos.

 

O.C dilapidó su turbulenta adolescencia en Buenaventura, el gran puerto del mundo donde ingresaron a Colombia la salsa y las costumbres que hechizan hoy al hampa y las altas calañas, y tras haberse educado en lugares que no parecían propicios al desarrollo intelectual, saltaría (1962) a Bogotá  para deambular por la Universidad Nacional, pero un año después, al quedar enlutada Alicia Baraibar Brunet, hija de los embajadores de España y devota del poeta JM Caballero Bonald, desertó hacia Cali en brazos de la actriz Líber Fernandez, asistiendo a Jacqueline Vidal, compañera de Enrique Buenaventura, en el Teatro Experimental de Cali, donde frecuentaría al consiglieri Álvaro Bejarano, cuyas iniciaciones le llevaron por los países comunistas hasta recalar en Paris, donde merced a su dotación y los oficios del aspirante a guerrillero Carlos Duplat Sanjuán fue amparado por Christiane Rochefort a quien saciaba en su rojo Jaguar descapotable durante las revueltas de Mayo de 1968.

 

Patricia Pava y Oscar Collazos en 1994

 

Luego vendrían las tardes habaneras de Hayde Santamaria mientras redactaba como ghostwriter las ignominias de Roberto Fernández Retamar y Lisandro Otero contra Lezama Lima y Virgilio Piñera hasta terminar en un Estocolmo de filmes Triple XXX. De nuevo en Colombia conocería, de los labios superiores de Stella Villamizar, a Enrique Santos Calderón, su benefactor desde entonces, quien le haría partenaire en El Tiempo con la célebre sección La bella y la bestia donde retrató poderosas damas como Gloria Triana, Noemí Sanín, Marta Sen, Fanny Mickey, Gloria Zea, etc. Los futuros 18 años los pasaría en Barcelona en pos de la gloria, que alcanzó al contraer nupcias palaciegas con Nuria Amat pero que vio alejarse entrados los noventa cuando se puso la levita para casarse con la galerista Patricia Pava (1994) anhelando las piernitas de Ivonne Nicholls, (“Uno la adivina soberanamente libre con sus hermosos ojos claros, quizá melancólica en la certidumbre de su soledad, esa elección que perfeccionamos para poder vivir en el sólido mundo de la amistad mejor que en el incierto relámpago de los amores”) quien le haría premio de todas las horas del cine de barrio del gobierno de César Gaviria.

 

El verano también moja las espaldas (1966) y Son de máquina (1967) fueron celebrados  porque revelaban e introducían en la tristeza cotidiana mundos familiares revulsivos con un erotismo directo a través de inventivas literarias extrañas entonces: una prostituta oficia en Semana Santa, el entierro de un pederasta al que asisten los muchachos que compartieron sus cuerpos por un poco de dinero y un mucho de curiosidad, los partidos de fútbol que juegan, desnudos, en las playas de un puerto de mar, unos adolescentes. Y la música antillana al fondo de todos los decorados, sonando día y noche, incansable como la miseria de los protagonistas. Noches de los niños muertos, chagualos cantados, ritos de ánima y guaracha.

 

 

 

La Universidad Nacional de los sesentas fue el lugar que vio brillar con luz propia a Camilo Torres. Un mundo universitario que ahora, que vivimos entre la tontería y la obcecación por chabacanas doctrinas teóricas, resulta maravilloso en su interés por la vida la construcción de un país que fuese libre, democrático y culto. Una universidad que entregó sus mejores hombres y mujeres a la hoguera de la guerra, único lugar que les deparó la estupidez de los poderosos y la ceguera de los fanatismos. Pero al fin y al cabo, una universidad que tenía como propósito nuestro mundo colectivo y no la maquinación por conservar prebendas en un desagradable mundillo venal y disolvente.

 

Cuando O.C abandonó Colombia en 1968 una generación de escritores había surgido para enfrentarse al histrionismo y artificios del Nadaísmo y a las tradiciones reaccionarias de la literatura llamada nacional, resquebrajadas por la acción y las obras de la generación de Mito.

 

Sabíamos —dijo refiriéndose al Nadaísmo— que en sus excesos publicitarios era un movimiento entregado a la charlatanería. Sin embargo contribuyeron a oxigenar el país no sólo con buena marihuana sino con una amoralidad que tuvo un saludable efecto en los sectores jóvenes de entonces. Los años venideros acabaron dándonos la razón y la literatura de nuestra generación empezó a ser reconocida en el ámbito latinoamericano, mientras del Nadaísmo sólo se salvaron aquellos nombres que poseían talento personal y no el sentido de tribu nómade y excéntrica que los llevaba, en los años sesentas, a los livings de la burguesía e incluso, a los desvanes del poder, que secretamente se reía de ellos.

 

Belisario Betancur y Oscar Collazos en Cartagena en 2011

 

Crítico marginal del mundo social y político, junto a Dario Ruiz, Nicolás Suescun, Umberto Valverde y Luis Fayad, sin militar en partido alguno quiso ser una suerte de conciencia moral de una república sangrienta y asfixiante: la Colombia de los gobiernos del Frente Nacional. Ellos crearon la ruptura que sirve de paradigma a muchos jóvenes escritores, así no se reconozcan en los escritos de aquellos. Lo cierto es que a sus solitarias y desconocidas obras se debe el rechazo a la beatitud moral y de comportamiento que ejemplifica el Manual de Urbanidad  de Carreño, y la apertura hacia formas y pareceres de la mejor literatura latinoamericana y la novela norteamericana y europea.

 

O.C se ocupó en sus narraciones de los setentas y primeros ochentas del horror de las ideologías. Crónica de tiempo muerto, Memoria compartida y Tal como el fuego fatuo son algunas de ellas. Su lectura ofrece  un mapa, al fresco, de las cavernas y pozos de pensar, atados por dogmas que, colocados como plantillas de modistería sobre la vida en América Latina, produjeron espantosos delirios individuales y colectivos, casi inexplicables sin la ayuda del sicoanálisis. Sus personajes están atados a unas camisas de fuerza que entienden como caminos hacia la dicha, pero tienen que comprobar, quizás sin entenderlo del todo, que esas estrellas de la gloria y la felicidad son un abismo con fondo.

 

Pero es quizás en Fugas (1988), donde hace un resumen de la existencia marginada que le ha tocado en suerte. Con una amarga ironía y un temple de dignidad que conmueve, O.C narra la historia de un pícaro actual, amo y señor de la servidumbre elegida, que no desea poner en orden el mundo sino que aspira a dar orden a su memoria. Fabricio Ele relata sus azares tras mujeres mediante ininterrumpidas estafas morales y físicas. Ha asumido la existencia como fuga y expulsión de un paraíso que nunca alcanzará. Primero le arrojan del colegio y del hogar materno. Luego se hará actor por siempre jamás. Su ingenio y su voz, —la misma que podrán ahora escuchar  gracias a nuestro actor invitado—, le sirven para hacer de la vida una comedia de enredos. El circo, como metáfora del mundo capitalista, es su teatro mientras seduce a una contorsionista y hace de león en una jaula de amaestrador de fieras. Fabricio Ele debe rugir con verosimilitud y agradar al público con su fiereza para poder dar el salto hacia la impostura definitiva: de seductor implacable y traidor a máscara fiel para la cual estaba destinado: ser la voz de un mudo. Cicerón filosofante por escrito, sabio entre los sabios. El instrumento para estafar es ahora la poesía, la más ramplona poesía de los cánones románticos que le llevan hasta la joven e ingenua Ximena y así hasta que Fabricio Ele, huyendo de nuevo, tiene que embarcar hacia España envuelto por el último alud de nieve o perica que le ha caído en un hotel del barrio Crespo en Cartagena de Indias.

 

Fabricio, como O.C y algunos de los miembros de su generación, es un perdedor, un marginado que ante la imposibilidad de vender su alma al diablo del poder, prefiere  fiarla por cuotas a las noches y los días que ofrecen las carnes de mujeres maduras y hambrientas. La vida digna reside en servir voluntariamente al amo que uno elige, no al que le impone la sociedad. Fabricio se entrega a la mujer, todas y ninguna, antes que a los aparatos de poder de los estados modernos.

 

“Feo, pulcro y ordenado, ha escrito O.C de si mismo, ha conocido la sobriedad y el exceso, pero está tentado a repetir, que salvo unas pocas excepciones, sus contemporáneos son unos miserables. Lo consuela haber vivido sin hipotecas morales y solo con las ataduras que ha elegido. Todo elogio, para él, es una exageración, toda diatriba en su contra, un malentendido.”

 

La Prensa, Bogotá, 22 de Noviembre de 1990.

 

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